La proporción aurea y el triángulo perfecto

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Con mi rostro turbio en el espejo, observaba mis manos apoyadas sobre el filo de aquel sucio lavabo, y aunque mis brazos no eran hercúleos, el alcohol y la ausencia de cerebro racional, me hacia mirarme los brazos y describir unos músculos que aunque no férreos, podrían resultar atractivos. Una de esas noches que al igual que muchas otras, te hacían replantearte si merecía la pena salir de noche cuando ni tu edad, situación, e incluso estado civil acompañaban a esta liturgia, ya casi en extinción en mi mundo. Siempre pasaba que incluso en mi juventud, (será un reflejo aprendido), no sabía con que jugar, si con mi cara, mi cuerpo, o dejarme llevar por mi empatía para así, al final y como siempre, llegar a ser un buen amigo, claro está, sin esperanza de sentir el calor de sus lenguas, humedeciendo mi escroto mientras con los dedos estimulasen mi glande, llorando esperma ante ese gran placer.

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Observé mi cara un instante mas, y me dije: “ hermano, creo que aquí acaba tu noche. A partir de ahora y cuando la cerveza suba, estarás abocado al ridículo y la reputación que tanto te cuesta mantener, se desvanecerá. Y todo esto por no apostar por una retirada a tiempo”. Creo que todos conocemos la sensación de estar hablando y pensar que tu dicción es perfecta, pero cuando se apagan los ruidos y aislas tu alma, te escuchas balbuceando, al tiempo que la línea recta por la que deambulan tus pies, se vuelve ondulantemente difícil de remarcar. El universo se cae, ya no sabes que haces ahí, y en el mejor de los casos, el inconsciente te dice que salgas sin hacer mucho ruido y que mañana te cuenten si ocurrió algo importante.

Redimido por lo que el espejo me revelaba, asentí sumiéndome a lo que mi cerebro me aconsejaba, (quizás por eso dicen que soy un cabeza cuadrada), y con un guiño tras una elevación de mi pulgar como para autoconvencerme, salí dispuesto a despedirme y emprender otra vez el camino, no sé si derrotado, hacia mi singular vida.

Entre beso y beso de despedida, ya un poco cansado de invitaciones a quedarme como ya imagináis, una boca preciosa de la que me colgué, ya no sé si antes de la guerra o después del amanecer de los tiempos, requirió de mi oído para casi gritando, y así esquivar el fuerte ruido de fondo que producía la música, preguntarme: “ tienes la polla limpia?”.

Mi integridad cayó, mi credo, mis dogmas, mis creencias y roles hacia lo que siempre pensé que mi humanidad podría optar. Si alguna vez pensé en esa situación, nunca hubiera dicho que mi reacción se acercara ni lo más mínimo a la que aconteció. El miembro masculino contiene millones de receptores sensitivos que te hacen reconocer una exaltación de chispas y humedad, dándose con el simple hecho de imaginar o rozar unos labios untando su néctar en tu brillante estaca. Pues todo esto, no hizo falta. Casi me corro allí mismo solo con esa pregunta y lo que la imaginación se permitió.

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Cuando sus labios se apartaron de mi oído, con ojos dilatados y voz entrecortada pero segura, asentí con masculina perplejidad dejando entrever que mi polla estaba lista para lo que ella gustara hacer o proponer, aunque claro, mi cabeza aun cortocircuitada, me daba collejas en mi conciencia racional y tuve que luchar con ella a muerte. Reconozco que la batalla duro dos segundos y gané, la amortaje y no la dejé salir hasta el día siguiente pero eso sí, con mis condiciones.

“Huyendo del frio, busque en las rebajas de enero, y halle una morena, bajita, que no estaba mal…” cantaba Sabina, y así, se mostraba ante mi esa chica que me permitió, ofreciéndome una ocasión vital, pensar que sí, que podía ofrecer algo, que existía, que mi imagen en el espejo no venía del inframundo, sino de mi mente desprotegida y vulnerable.

Después de pasar unos segundos de puro libertinaje mental, imaginando mi mano sobre su cabeza, acompañando su devenir arriba y abajo, mientras el techo se mostraba como mi único campo visual, intentando reprimir un placer inmenso, solo limitado por un tic-tac, imaginaba mis manos soportando y apretando sus suaves, tersos, jóvenes y duros pechos,frotando a veces cual mejillas en un beso sudoroso, sus pezones contra mi incandescente pene a punto de estallar.

Ya con el cosquilleo típico en el miembro, y por encima de su hombro, dada su estatura, asomó un reflejo, asomó un destello de vida que me hizo centrarme y ahogarme en el. Hacía cinco minutos, mi cabeza me había convencido de que seguía siendo el de siempre, pero nada me avisó de que mi vida, cambiaría para siempre en unos instantes. Alguien me miraba y sonreía agachando la cabeza para intentar exonerarse de lo que allí se estaba cociendo entre la morena y bajita de Sabina, y yo.

Aquello que asomaba sobre el hombro, de mi morena bajita, os lo aseguro, era todo luz. Paradójicamente su primera impresión al no conocerla es obscuridad, no tenebrosa, pero triste. Extenso pelo oscuro y ondulado, primaba sobre todas sus facciones escondidas tras este y un destello en el septum, hacia que no pudieras apartar la mirada de ella, de su rostro para bien o para mal, para desearla u odiarla, para hacerle el amor, o follártela contra una pared sin remordimiento porque todo terminaría en unos segundos, pero por desgracia, desearías volver a verla.

Ante esa situación, no podía haber nada que me bajase del pedestal y potenciase mas la sensación de humedad que en mi entrepierna se iba desarrollando. Ya lo veía todo en el 3D, estructuraba posturas, formas, movimientos, todos familiares en mi recuerdo, y que durante tanto tiempo sobrevolaron mi psique con el disfraz de intangibles fantasías. Pero si, si hubo algo que me rompió la boca contra mi pared de inseguridad. No sé si interpretarla como una pregunta o una afirmación, pues la contestación seria casi evidente. Ya se sabe que la mujer, cuando pone sobre la mesa sus cartas, no hace falta ni que estén bocaarriba, ya sabes que ha ganado.

“Mientras yo, a cuatro patas te como la polla, ella posará su cabeza bajo mi pubis y me comerá el coño”. Y asi, con esto, comenzó el guateque.

 

Ah!, disculpen mi descortesía. Mi nombre es Nico

 

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